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miércoles, 23 de marzo de 2011

Amor místico, cuerpo para amar. Buen amante y buen samaritano


Amor Místico, Cuerpo para Amar
La realidad concreta, concretísima, es que somos: cuerpo de amor (para el encuentro personal) y cuerpo de cuidado (para la entrega plena al otro). Creo que en las dos líneas de corporalidad se expresa y despliega el camino de la espiritualidad, pues el místico cristiano ha de ser, al mismo tiempo, buen amante y buen samariano. En contra de lo que a veces se ha pensado, la mística es también cosa del cuerpo, no sólo para los éxtasis, arrobos y visiones, sino también para el servicio concreto.
La mística es amor corporal
La filosofía occidental, de tipo básicamente platónico y luego cartesiano, ha separado el cuerpo del alma. El cuerpo ha sido para unos una cárcel de oscuridad y dolor, donde el alma estaba sepultada o encerrada, con el deseo de salir y de volar hacia su altura (platonismo); para otros ha sido y sigue siendo sólo una máquina, que se une a una conciencia o pensamiento, de manera que ambos definen la verdad del ser humano (línea de Descartes, medicina moderna). Pero el amor desconoce tales divisiones: el hombre y la mujer son lo que son, unidad indisoluble cuerpo/alma, de manera que no pueden no sólo separarse, ni siquiera distinguirse.
Sin el encuentro "corporal" transfigurado (¿transsubstanciado?) del Amado y de la Amada es muy difícil hablar de mística. Por eso los míticos cristianos (y judios y musulmanes....) acuden sin cesar al Cantar de los Cantares en sus diversas lecturas y reinterpretaciones. Un gran filósofo hispano (Xabier Zubiri) hablaba de la inteligencia senciente (la inteligencia es una forma profunda de sentir...). En esa misma línea quiero hablar de la mística senciente. Así quiero decir que el místico es alguien que siente con radicalidad.

El cuerpo es amor
En el amor verdadero, el más profundo (el de la madre, el de los enamorados) todo es cuerpo y todo es alma, de tal forma que “dar cuerpo” es lo mismo que dar alma y encontrarse en los cuerpos es hallarse de igual forma en las almas. No se trata, por tanto, de pura corporalidad, como podría ser en los animales, ni de pura espiritualidad, como podría ser en los ángeles, se trata de de una corporalidad espiritual y viceversa (de una espiritualidad corporal) en el amor. Nadie ha cantado mejor la corporalidad del amor que el Cantar de los Cantares, cuando describe a los enamorados:
Así es ella: «Qué bella eres, amada mía, qué bella eres! Palomas son tus ojos a través de tu velo; tu melena, cual rebaño de cabras, que ondulan por el monte Galaad. Tus dientes, un rebaño de ovejas de esquileo que salen de bañarse: todas tienen mellizas, y entre ellas no hay estéril. Tus labios, una cinta de escarlata, tu hablar, encantador. Tus mejillas, como cortes de granada a través de tu velo. Tu cuello, la torre de David, erigida para trofeos: mil escudos penden de ella, todos paveses de valientes. Tus dos pechos, cual dos crías mellizas de gacela, que pacen entre lirios» (Cant 4, 1-5)
Así sigue siendo: «Tu ombligo es un ánfora redonda, donde no falta el vino. Tu vientre, un montón de trigo, de lirios rodeado. Tus dos pechos, cual dos crías mellizas de gacela. Tu cuello, como torre de marfil. Tus ojos, las piscinas de Jesbón, junto a la puerta de Bat Rabbim. Tu nariz, como la torre del Líbano, centinela que mira hacia Damasco. Tu cabeza sobre ti, como el Carmelo, y tu melena, como la púrpura; ¡un rey en esas trenzas está preso!¡Qué bella eres, qué encantadora, oh amor, oh delicias!  Tu talle se parece a la palmera, tus pechos, a los racimos» (Cant 7, 3-8).
Así es él: «Mi amado es fúlgido y rubio, distinguido entre diez mil. Su cabeza es oro, oro puro; sus guedejas, racimos de palmera, negras como el cuervo. Sus ojos como palomas junto a arroyos de agua, bañándose en leche, posadas junto a un estanque. Sus mejillas, eras de balsameras, macizos de perfumes. Sus labios son lirios que destilan mirra fluida. Sus manos, aros de oro, engastados de piedras de Tarsis. Su vientre, de pulido marfil, recubierto de zafiros. Sus piernas, columnas de alabastro, asentadas en basas de oro puro. Su porte es como el Líbano, esbelto cual los cedros. Su paladar, dulcísimo, y todo él, un encanto. Así es mi amado, así mi amigo, hijas de Jerusalén» (Cant 5, 10-16).

Así son ambos, aroma de amor: «Mientras el rey se halla en su diván, mi nardo exhala su fragancia. «Bolsita de mirra es mi amado para mí, que reposa entre mis pechos. Racimo de alheña es mi amado para mí, en las viñas de Engaddí» (Cant 1, 12-14). «Miel virgen destilan tus labios, novia mía. Hay miel y leche debajo de tu lengua; y la fragancia de tus vestidos, como la fragancia del Líbano. Huerto eres cerrado, hermana mía, novia, huerto cerrado, fuente sellada. Tus brotes, un paraíso de granados, con frutos exquisitos: nardo y azafrán, caña aromática y canela, con todos los árboles de incienso, mirra y áloe, con los mejores bálsamos.¡Fuente de los huertos, pozo de aguas vivas, corrientes que del Líbano fluyen!¡Levántate, cierzo, ábrego, ven! ¡Soplad en mi huerto, que exhale sus aromas! ¡Entre mi amado en su huerto y coma sus frutos exquisitos» (Cant 4, 11-16).

Todo es cuerpo en estos cantos místicos y eróticos, todo es alma. Estamos aquí ante el toque de la belleza en sí, que se despliega como buena, es decir, como poder de encuentro. Es la atracción, que se expresa como “peso” que impulsa, como principio de gravedad que mantiene vinculados a todos los vivientes. Esto es amor, la experiencia suprema de la vida, la atracción de los cuerpos, el gozo del encuentro espiritual y corporal, es decir, humano. Esto es el amor: la fecundidad de las personas que se encuentran y se complementan, al gozarse en el encuentro corporal, completo.

Cuerpo para el cuidado
Pero, al mismo tiempo, hay en la Biblia otra experiencia de corporalidad amorosa, que atrae e impulsa precisamente por su desamparo. Es la corporalidad de los → pobres (huérfanos, viudas, extranjeros). Aquí el amor aparece como cuidado del cuerpo, es decir, de la vida de los otros. La mística se convierte en experiencia de caridad radical, de servicio a los pobres.
Corresponde aquí la corporalidad del hombre necesitado (desnudo, hambriento, expulsado, oprimido, afligido) a quien su prójimo debe ayudar, pues éste es el ayuno verdadero, esta la religión del alma. En esta misma línea, allí donde gozo de amor corporal y servicio corporal se vinculan se despliega el auténtico amor, la verdad del hombre y de la mujer, conforma a la visión del evangelio, donde Jesús aparece como amor integral, que cura a los enfermos y ayuda a los desamparados (cf. Mt 25, 31-46). Desde ese fondo, el dogma cristiano del amor corporal se identifica en realidad con la eucaristía (que significa compartir el cuerpo) y con la “resurrección de la carne”, que es el triunfo del amor total, corporal y espiritual, es decir, humano, y, en el fondo, con la mística más honda, que se acaba expresando en el cuidado amoroso dirigido a los pobres... a los hambrientos y sedientos, a los necesitados.

Xabier Pikaza Ibarrondo























4 comentarios:

andré de ártabro dijo...

El cuerpo es tan , ¡tan guai! ""que lo resucitará""
Volveré.
Un beso

Graciela dijo...

Bienvenido André. Somos cuerpo y alma, un todo indivisible y así, completos, debemos amarnos a nosotros mismos y a los demas.
Gracias. Te dejo un abrazo.

Francisca dijo...

Excelente párrafo, comparto el mensaje, el amor puro es sin dura lo que nos une y siempre permanecerá más allá de la vida porque no tiene limites ni tiempo ni espacio. sólo es amor

Graciela dijo...

Hola Francisca! Bienvenida...Somos alma haciendo una experiencia en el cuerpo físico. Cuanto mas amor demos a nuestro cuerpo mas fundida estará el alma a él y nuestra misión en la tierra podrá ser cumplida:)
Gracias por tu comentario! Te dejo un gran abrazo!

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