Mente, corazón y conocimiento de Uno Mismo
Cuando hay amor no existe el problema del apego o del desapego. El
amor no es producto del pensamiento: no podéis pensar acerca del amor. Es un
estado de ser. Y cuando la mente interviene por medio de sus cálculos, de sus
celos, de diversos y sutiles engaños, entonces surge el problema en la vida de relación.
La convivencia sólo tiene significación cuando es un proceso en que uno se
revela a sí mismo; y si en ese proceso uno actúa en forma profunda, amplia y
extensa, entonces hay paz en la convivencia, no la lucha ni el antagonismo
entre dos personas. Sólo en esa quietud, en esa convivencia en la que existe la
fruición del conocimiento propio, está la paz.
¿es posible amar sin que intervenga la mente? Amamos con la mente,
nuestro corazón está lleno con las cosas de la mente; pero, sin duda alguna,
las elaboraciones de la mente no pueden ser amor. No podéis pensar en el amor.
Podéis pensar en la persona a quien amáis, pero ese pensamiento no es amor; y
así, gradualmente, el pensamiento va ocupando
el lugar del amor. ¿cuando la mente llega a ser suprema, lo único importante,
es obvio que entonces no puede haber afecto. Ese es, por cierto, nuestro
problema, ¿verdad?
Hemos llenado nuestro corazón con las cosas de la mente. Y las cosas de la
mente son esencialmente ideas: lo que debe ser y lo que no debe ser. ¿La
convivencia puede basarse en una idea? Y si lo puede, ¿no es ella una actividad
que se encierra en sí misma, y, por lo tanto, no resulta inevitable que haya
disputas, lucha y miseria? Pero si la mente no interviene, ella no levanta una barrera,
ni se disciplina, ni se reprime, ni se sublima a sí misma. Esto resulta en
extremo difícil porque no es mediante la determinación, la práctica o la disciplina,
que la mente puede dejar de intervenir; sólo dejará de intervenir cuando haya
plena comprensión de su propio proceso. Sólo entonces es posible que existan
las debidas relaciones con uno y con muchos, relaciones libres de contienda y
de discordia.
la actividad no hace más que embotar la mente y el corazón. Sólo la
acción torna alerta la mente y sutil el corazón, capacitándolo para recibir,
para ser sensible. Por eso resulta importante, antes de emprender la búsqueda,
que haya conocimiento propio. Si buscáis, encontraréis; pero no será la verdad.
Por lo tanto esta locura, este temor, esta ansiedad por llegar, por buscar, por
descubrir, debe cesar. Entonces, con el conocimiento propio cada vez más vasto y profundo, viene ese sentido de la realidad que no
puede ser invitado. Él adviene, y sólo entonces hay felicidad creadora.
Sin conocerse a uno mismo, no hay posibilidad real de investigar qué
es lo verdadero, lo que tiene significación, cuáles son los justos valores en la vida. Si
uno no se conoce a sí mismo, no puede ir más allá de las ilusiones proyectadas
por la propia mente. El conocimiento propio, como lo hemos explicado, implica
no sólo conocer la acción en la convivencia de un individuo y otro, sino también
la acción en las relaciones con la sociedad; y no puede haber sociedad completa
y armoniosa sin ese conocimiento. El conocerse a sí mismo significa, sin duda, estudiar las respuestas,
las reacciones que uno tiene en relación con algo. Uno no puede conocerse a sí mismo
aislándose. Eso es un hecho evidente. Podéis retiraros a una montaña, a una
caverna, o ir en pos de una ilusión a orillas de un río; pero, si uno se aísla,
la vida de relación resulta imposible. Y el aislamiento es la muerte.
Sólo en la convivencia puede uno conocerse a sí mismo tal como es.
Estudiando, pues, las cosas que hemos aceptado, examinándolas plenamente, no superficialmente, podremos quizá entendernos a nosotros mismos.
Uno puede ver cómo las creencias religiosas, políticas, nacionales y
de diversos otros tipos, separan a los hombres, cómo crean conflicto, confusión
antagonismo, lo cual es un hecho evidente; y, sin embargo, no estamos
dispuestos a renunciar a ellas. Existe el credo hindú, el credo cristiano, el
budista, innumerables creencias sectarias y nacionales, diversas ideologías
políticas, todas en lucha unas con otras y procurando convertirse unas a otras. Claramente podemos ver que las creencias separan a la
gente, crean intolerancia.
La verdad, después de todo, está en esto: en tener la capacidad de
enfrentar todas las cosas de un modo nuevo, de instante en instante, sin la
reacción condicionante del pasado, para que no haya ese efecto acumulativo que obra
como barrera entre uno mismo y aquello que ES.
Evidentemente, la mayoría de nosotros acepta o adopta creencias ante
todo porque en nosotros hay temor. Sentimos que, sin una creencia, no sabremos qué
hacer. Entonces utilizamos la creencia como una norma de conducta, como dechado
de acuerdo con el cual encauzamos nuestra vida. Y también creemos que puede
haber acción colectiva gracias a la creencia. Así, pues, en otras palabras,
consideramos que para actuar se necesita una creencia. ¿Y es ello así? ¿La
acción requiere creencia? Es decir, siendo la creencia una idea, ¿hace falta
ideación para actuar? ¿Qué está primero, la idea o la acción? Primero, sin
duda, está la acción, que es placentera o penosa; y según eso elaboramos diferentes teorías. La acción, invariablemente, aparece
primero. ¿No es así? Y cuando hay temor,
cuando existe el deseo de creer para poder actuar, entonces interviene la ideación.
Así, pues, mientras más nos estudiamos en relación con alguna otra
cosa, tal como las creencias, más quieta se torna la mente, sin coacción, sin
falsa disciplina. Es obvio que cuanto más se conoce la mente a sí misma, más
serena está. Cuanto más conozcáis algo, cuanto más familiarizados estéis con
algo, más serena se tornará la mente. Y la mente ha de estar realmente quieta
no aquietada.
Hay, sin duda, una enorme diferencia entre una mente aquietada y una
mente quieta. Podéis forzar la mente a aquietarse mediante diversas
circunstancias, disciplinas, tretas, etc. Pero eso no es quietud, eso no es
paz; eso es muerte. Una mente que está serena es porque comprende las distintas
formas del miedo y se entiende a sí misma -una mente así es creadora, una mente
así se renueva sin cesar. Sólo se estanca aquella mente que está encerrada en
sus propios temores y creencias. Pero una mente que comprende su relación con
los valores ambientes- no imponiendo una norma de valores sino comprendiendo lo
que es -esa mente, sin duda, se torna serena; es serena. No
es cuestión de devenir. Sólo entonces, por cierto, la mente puede percibir lo
real de instante en instante. La realidad, a buen
seguro, no es algo que se encuentre en último término, un resultado final de la
acción acumulativa. La realidad ha de percibirse tan sólo de instante en instante;
y sólo puede percibirse cuando no obra el efecto acumulativo del pasado sobre el momento
actual, sobre el “ahora”.
J. KRISHNAMURTI
No hay comentarios:
Publicar un comentario